martes, 30 de junio de 2009

El siempre estará ahí.


Salí temprano de casa ese día, me adelanté un poco a el atardecer y cogí un taxi. Yo salía con alguien, Renato, él era un tipo "bien", treintañero, atractivo, popular entre sus contemporáneas, aún no sé bajo que circunstancias me cautivó pero estaba con él. Sin embargo luego de varios meses de citas en restorants, viajes a centros aledaños, ropa de diseñador y sexo en la misma posición comenzaba a hastiarme.
Por lo general cenábamos luego de salir de mi trabajo y después íbamos a su casa, leíamos algo, charlábamos del día, yo fingía interés, pero se había desvanecido lo que nunca estuvo ahí.

Al principio me marchaba de su casa por las mañanas, pero ahora luego de un par de meses llamaba un taxi por las madrugadas y me iba de ahí sin que se diera cuenta. A las seis de la mañana el buzón de voz estaba lleno de mensajes y molestia de Renato.

Era acogedor llevarlo a reuniones y cócteles, era buen mozo, con modales y amistades de etiqueta, tenía un buen automóvil, vestía impecablemente y estaba obsesionado conmigo. Le gustaba y disgustaba la exuberancia que aveces yo proyectaba, además de la juventud y la diferencia de edades, era una ambivalencia bastante exagerada; sin embargo lo rutinario y la seguridad estaban muy de lado de mis intereses inmediatos, mis amistades y estilo de vida no encajaban en el entorno que se formaba cuándo estaba con Renato.

Todo eso pasó por mi mente al momento de bajarme del taxi, cuándo iba a encontrarme con Alvaro, un antiguo idilio que tuve un año y medio atrás. Alvaro conservaba un encanto bohemio a pesar de tener la misma edad de Renato, era banal e intenso, más interesado en la satisfacción inmediata que en las consecuencias, pero de algún modo se las arreglaba para conservarse intacto a pesar de una mala reputación por líos de faldas. 

Alvaro estaba sentado en la barra de un bar del centro, estaba charlando con unos amigos músicos. Me acerqué hasta él, le besé en la mejilla y me acomodé, me introdujo con sus amistades, luego de una hora éramos un grupo animado por charlas que citaban a Piero Manzoni, Patty Smith, y Nicanor Parra y el modo correcto de beber tequila, ellos recordaban sus años de escuela, yo escuchaba con mucho interés mientras lanzaba una que otra broma ácida. Pasaron las horas y el alcohol no pasó jamás, siempre estaba ahí alentándonos aún más.
A las cinco de la madrugada nos fuimos a su apartamento, Alvaro vivía muy cerca de la casa de Renato. Me quedé hasta la mañana siguiente. Mi cinismo tan grande que pasé a casa de Renato para que me acercara a casa. 

Ese mismo día en la noche me junté con Alvaro de nuevo, ya que estaría en la cuidad solo un par de semanas, de regreso a casa en la mañana pasé de nuevo con Renato, siempre confundiéndole con alguna que otra excusa bien planeada.

Dos días después tuve mi periodo, siempre se me ha complicado mucho, necesito de pastillas y sedantes inyectados, esos días los paso en casa de Renato, él cuida de mi mientras tanto.
Aún así, a pesar de que mi menstruación me estuviera molestando quería ver a Alvaro, así que le llamé dos veces, él jamás contestó.

Mi periodo pasó, ya me sentía bien, estaba dispuesta a reunirme con Alvaro, él se iría en un par de días, eso me entusiasmóaún más.

Me encontré con Alvaro en su apartamento, me quedaba fantástico porqué pasaba a arreglarme a casa de Renato sin que él se diera cuenta.

Al llegar ahí comenzamos a hojear un par de libros y jugar con el protocolo de seducción, Alvaro siempre olía bien y estaba seductor, su futilidad me generaba más interés y deseo.
Alrededor de las tres de la mañana recibió una llamada, era otra chica a quién frecuentaba, yo la conocía, yo no lo sabía; fingí frivolidad al respecto pero fue como recibir un golpe en el estómago. El notó mi molestia y sugirió quedarse ahí conmigo esa noche, estaba bien para mi, yo solo quería tenerle conmigo más tiempo.
Leímos un poco al amanecer, yo seguía pensando en la otra chica de quién él era también amante, sin embargo y no podía dejar de verle, sería un fariseísmo; además la pasaba muy bien.

Al salir del apartamento de Alvaro, Renato estaba ahí, con su automóvil, me había seguido la noche anterior. No negué nada, no mentí, le dije a Renato, que Alvaro siempre estaría ahí, él siempre estará ahí, dije.

El siguiente año me casaré con Renato.

lunes, 29 de junio de 2009

El amor es ciego.

Como quisiera que no pasara el tiempo para nosotros,
que no pasaran los años y se volviera cálida la ingenuidad,
como me gustaría que no te hubieras alejado de mí,
de tantos modos posibles.

Que tan ciega puedo ser?, que ta ciega he de ser, para no dejar de amarte,
para no ver tus fallas conmigo?

El amor es ciego te gustaba pensar.

lunes, 15 de junio de 2009

Déjate llevar.

Esa extraña tensión que nos rodea nos hace más vulnerables,
comienzas a balbucear una y otra frasecilla elaborada.

Déjate llevar, 
déjate llevar.

Me encontré a mi misma, de nuevo
observando esas pestañas tan pronunciadas hacia afuera,
esos ojos pardos, el pelo, en juego.
Tez, blanca, blanquísima,
cuerpo alto y firme,
palabras torpes,
nerviosismo de un lado a otro.
Departe tuyo,
departe mío.

Una tenue luz amarillenta nos empapaba,
el viento aparecía desde la ventana,
yo contemplaba de nuevo tus ojos,
pardos,
claros,
esas pestañas,
largas.
Esa piel,
blanca.
El cabello,
claro,
el cuerpo,
robusto,
la mirada,
infantil,
entusiasmada,
esperanzada,
"Déjate llevar".

No.

Mi cita,
me espera.
 

lunes, 1 de junio de 2009

Horizonte

Con la angustia acompañándome en la noche, te vi, 
entre multitudes de petimetre gente y rubor carmesí,
la cabeza levanté y a los pálidos muros contemplé,
entre congeladas cabezas tu figura que algún día habré.

Déjenme pasar, déjenme apretar las manos de mi amado,
déjenme acercarme con tenue miedo de su amor ausentado,
y buscar la mirada escueta e indiferente de el amor revuelto, 
me acompaña mi soledad vestida de mar, encallando en mi amado, aquel, esbelto.

Acomodada entre una piedra y una caracola grisácea, 
me recubre el cuerpo de espuma salada y arenácea.
Me cae la noche como yo caía sobre mi adorado,
a las cinco de la tarde, como brisa le recorría, él, siempre callado.

Lancé a la orilla de una ola mi figura casi desvanecida, 
mis cabellos haló y una trenza dejó tejida.
Muerta en manos de aquel por el que me dejé fascinar,
esa noche de marea, mi amor con el oleaje dejé arrastrar.