viernes, 31 de enero de 2014

La Candelaría

En esa ocasión me encontraba en Bogotá por un proyecto de arte cuándo recibí un correo de Frank que me contaba que iría a la Candelaria a hacer una crónica de la Ciudad, que dejaría su caribe para ir a hacer un relato sobre sus "experiencias".
A mi personalmente me parecía una ciudad triste y más bien monótona pues no la conocía muy bien por que el frío me daba unos cólicos terribles que no me permitían salir de mi apartamento.
Fue la segunda vez que pisé tierras colombianas, la segunda vez que pasaba por esa terrible aduana del aeropuerto en donde me retenían por horas por ser haber nacido en un pueblito tercermundista que se ahoga ahora en un gobierno militar. Esta vez viajé con una maleta llena de yerba mate pues volé desde Buenos Aires y como buena turista extasiada llevaba regalitos cursis a mi familia. Con mi aura de eterna de resaca, mis respuestas cortas y mi cara de puta la yerba parecía una mala idea.
Con ese recibimiento entrar a Bogotá era como entrar con agruras a un consultorio del dentista, eso, mezclado con el frío hacía la ciudad un poco insoportable.
Varías semanas estuve por mi cuenta hasta que un día recibí una llamada que gritaba: Ednita (Repetidas veces) tratando de diferenciarse del sonido ambiente que era bajo. Me acordé de mi madre. Era Frank, finalmente arribó a Colombia y estaba presentando su libro en una universidad fresa.
Jhon Galán Casanova, (Leyó usted bien) y Lily le acompañaban. Yo le tenía un especial cariño a Lily así que me alegró encontrar a ese "corillo" junto.
Yo me encontraba en una feria de Arte en un centro de convenciones gigantesco parecido a la nueva iglesia de Cash Luna.
Había todo tipo de gente en ese lugar, mucha gente elegante (Mi amigo Joan me dijo alguna vez que a la gente "elegante" les quitas la ropa, les tomas una polaroid,  y ahí tienes a un grupo de nativos) que entraron con la nariz para arriba y acabaron vomitando en los arriates de la entrada al parqueo. Como era un evento hecho para vender arte a los coleccionistas, la estrategia era llenarlos de alcohol, sacarles el número de tarjeta, el número de seguro social y un poco de la dignidad que era compensada a cambio de un trofeo intelectual de una buena galería, así que el brebaje era infinito. Salúd!
Yo veía el vino, me sabía a vinagre, y en mi cabeza solo saboreaba esa cerveza barata con limón que tanto me gusta.
A las ocho de la noche los hombres asistentes bajaban la cabeza saludándose mutuamente, a las once me hacían comentarios obsenos y subían las cejas. Estaba con el gringo (mi esposo) que aseguraba que esa falta de respeto era debido a mis tetas de fuera y mis tacones tan altos tan provocativos (Como si estuvieras buscando una cogida (!!) ).
Supe que era momento de escapar así que llamé a Frank y le dije que estaba lista para irme. Le pregunté en donde estaban.
Dijeron el nombre de un famoso restaurante de la Macarena que vendía una deliciosa comida fusión.
Cogí el primer taxi que se apareció y llegué en minutos. Ahí había una guapísima mujer afroamericana que no me dejó entrar al restaurante. Lily llegó al rescate.
Ya adentro un grupo grande (Y aburridísimo) de pedagogos y gente de las "letras" (Ahí viene la A, con sus dos patitas muy abiertas al marchar) que parecía que habían visto al fantasma de las navidades pasadas cuándo me asomé. Abracé a Lily, a Jhon y por último a Frank. Al resto les tiré un beso.
Pareció que mi llegada fue la señal divina para romper filas. (Aquí se rompió un calzón, se pasó de sazón).
Con el alcohol asomándose y con ganas de fiesta caminamos hasta un pequeño club de música cubana que tocaba a la Fania All Star a todo volúmen en un lúgubre cuarto de cinco por cinco metros que acumulaba las cajas de "Poker" y "Costeña".
Yo le dije a Frank que tenía que ser mi compañero de baile, que como era caribeño íbamos a destrozar la pista.
Jhon y Lily con una falsa modestia nos dijeron que no querían bailar que eran malos, pero lo harían para gozar la fiesta.
En un santiamén Jhon Galán Casanova hizo honor a su libidinoso nombre y se tiró como Oscar de León a la pista a comerse a todo lo que estuviera cerca, y Lily como es tan bella, no le faltó el ritmo.
Yo salí a la pista con Frank que finalmente bailó como un robot, tieso y gris.
Pero como yo le quiero tanto y es mi amigo entrañable le seguí el paso.
Bailamos, yo abracé a Frank, tan querido, sus ojos cafés, brillantes de tanto alcohol, bebimos, hablamos de poesía, de arte, de el amor, del odio, del matrimonio, de cerveza, de tequila, de Guatemala, de la Dominicana, de Regina, de Rosa, de Chris, y cuándo hablamos de Chris, me di cuenta que tenía que irme al hotel a cumplir con mis obligaciones maritales. Además la habitación del hotel era hermosa y carísima y no quería desperdiciarla. Había espejos como los de un motel barato así que con el marido emulábamos cuándo nos conocimos e íbamos a coger al Omni. Era como revivir (y trara de rescatar) la pasión.
Salimos del bar, mis tacones retumbaban en el piso de madera con cada paso.
Un taxi se asomó, el conductor se parecía al personaje de Robert de Niro, versión latina, personificando su propio papel. Agudo, rancio, cansado y empericado hasta por el culo.
Confiamos en él y nos montamos.
Nos perdimos, nos encontramos, y nos volvimos a perder.
Llegamos.
Abracé a Lily, abracé a Jhon, abracé a Frank, le dí un largo abrazo pues supe que no le vería por mucho tiempo, y que no le veré por otra coincidencia que no sea planeada.
Llegué al loby entre tropezón y tropezón y el recepcionista me dijo:
-¿Ya ve? Le dije que si salía tan arreglada y guapa, se iba a perder en la noche y llegar tan contenta.