jueves, 25 de octubre de 2012

Domingo.

Salgo de casa luego de tres horas de meditación interna de porqué no debo quedarme en mi cama viendo el maratón de Woody Allen en Infinito.
Llevo unas botas de hule que hace que mis calcetas se adhieran a la piel de mis pies, camino, camino incansable sin rumbo por la sexta, encontrando una que otra cara familiar que me dice que me veo cansada y polvorienta. Llego a la diez y seis calle, los restaurantes chinos hacen, casi por instinto que se me apetezca una cerveza, pienso en mi infección urinaria y en vez de eso decido comprar un chocobanano. La tendera me ve con ternura. cómo si le recordara a su hija o nieta. Pago con unos billetes cuasi rotos y sigo mi camino sin saber a dónde voy. Me encuentro cerca de una organización gay en dónde trabaja mi amigo, entro, uso el ordenador, tomo café en un vaso de duroport, y luego fumo marihuana del parque Central. Bajo otra vez, las botas parecen una mala decisión ahora. Saco unas monedas de mi bolsillo, intento llamar a mi hermana, no hay respuesta. Me siento en una piedra cerca de una tienda que tiene escrito en su puerta "Lupita, la bendición". Me veo a mi misma más vagabunda que nunca.
Paso un rato en la piedra pensando que debí de quedarme viendo el canal 84. Bajo hasta el Mercado Central, grito el nombre de mi amigo a todo pulmón. Él se asoma por la ventana y me abre.
Subo, la casa está inundada de agua. Hay plumas de zopilote en la cocina, Tomás sale a recibirme.
Paso un par de horas ahí. Bajo otra vez, ya está oscuro.
Regreso a casa.
El especial de Woody Allen sigue.

1 comentario:

Andie Quiñonez dijo...

El amigo se llama Jorge De Leon ;)