martes, 1 de diciembre de 2009

nueve a eme.

-"Que mala es". Pensé mientras subía las gradas a la habitación.
Era navidad, ella sostenía una caja con un gato, yo apenas podía moverme de la silla, había comido demasiado, los olores, las texturas se mezclaban.
Billie sonaba al fondo, estábamos solas y éramos en proporción muy pequeñas para toda la comida que había ahí.
El teléfono sonó, nadie quiso atenderlo, éramos de nuevo esas dos niñas que vestían pantalonetas de jeans y gritaban por la ventana, la sensación se volvió tan cálida como un cliché cronológico.
La habitación estaba adornada por las luces más baratas y ruidosas que pudimos encontrar, la repisa estaba llena de perfumes caros, y los zapatos que se desbordaban  parecían luchar entre ellos para obtener lugar en una caja de plástico algo empolvada.
Como cualquier mañana de navidad estaba algo soleado, los niños quemaban pirotecnia prohibida y nosotras vigilábamos que ninguna de ellas causara un inesperado incendio en la azotea de machimbre.
No estaba feliz ni triste, simplemente estaba con Anita esperando a que algo maravilloso nos sucediera.
No habían regalos, solo botellas vacías de licor, champaña y bocadillos dulces.
Estábamos arregladas, teníamos vestidos de seda, peinados elaborados y medias caladas, el gato que había escapado de la caja se adormitaba al fondo de la cabecera.
La casa estaba desordenada y llena de ropa, el día parecía pasar cada vez con más lentitud.
Esperar no había sido mi fuerte, pero sí el de Anita.
Me había prometido a mi misma poder encontrar el modo de matar nuestra soledad, aunque tenernos la una a la otra no siempre había sido suficiente. Y ahora era más evidente que nunca.
En la repisa de la cocina había una fotografía en donde aparezco con Anita hace quince años. 
La hermandad era la misma, el corazón estaba ya muy desgastado. 




1 comentario:

The sXe Spartan dijo...

Que cool tu narativa!!!! =D